Delmy, Gaby y Rafy

Como toda pareja de novios queríamos formalizar nuestra relación y nos casamos luego de 4 años de noviazgo. Ya casados añoramos formar una familia y tener hijos. En nuestro primer año de matrimonio, sorpresivamente y sin esperarlo, nos enteramos que estaba embarazada pero a los dos meses lo perdemos. Luego de un tiempo vuelvo a quedar embarazada y cuando tenía entre dos a tres meses vuelvo a perder el embarazo. En ese momento no entendíamos las pérdidas de los embarazos y a pesar de que el médico me realizó varios estudios y análisis, no encontraron causa alguna.

Luego de varios años quedé embarazada por tercera vez.  Todo marchaba bien, cuando al cuarto mes de embarazo el médico me realiza la prueba de alfafetoproteína (AFP) que examina el riesgo de anomalías congénitas en el feto. Cuando llegaron los resultados recibimos un mensaje del médico de que ambos fuéramos a su oficina. Desde que recibimos el mensaje nuestra corazonada era que algo andaba mal. Los análisis de los resultados reflejaban que el bebé venía con Síndrome de Down y Espina Bífida. El mundo se nos vino encima.  No podíamos creer que fueran ambas condiciones a la vez; comencé a llorar. Nos dieron la opción de terminar el embarazo pero para nosotros eso no era una opción. Era una vida que juramos proteger independientemente su condición y decidimos continuar con el embarazo y asumir la responsabilidad.

Al cumplir los cinco meses de embarazo comenzaron las complicaciones. Me realizaron un sonograma que detectó una masa en la placenta que podía ser cáncer, la cual descartaron luego de unos análisis. Días después comencé a tener contracciones y me llevaron de emergencia al hospital.  Allí me inyectaron medicamentos para detener las contracciones y realizar un cerclaje pero durante la cirugía pierdo el bebé. Cuando el médico me indica que perdí al bebé no podía parar de llorar. Era una sensación de vacío y desesperación. Cuando mi esposo llega a la sala de recuperación me encuentra llorando y me dice que ya terminó la cirugía y que todo va estar bien y es cuando le digo que lo perdimos. El médico no le había dicho nada y su rostro fue de asombro y tristeza. El médico nos pidió autorización para realizarle una autopsia al bebé para saber la causa de la pérdida y la misma reflejó que el bebé no venía ni con Síndrome de Down ni con Espina Bífida. El médico nos dijo que en la placenta encontraron algunos coágulos. Como el bebé tenía cinco meses de gestación, había que inscribirlo. Le pusimos de nombre José Andrés, para luego buscar el acta de defunción y enterrarlo. Mi esposo realizó todo ese proceso ya que sabía que sería doloroso para mi, aunque para él fue igualmente doloroso. Mi padre y mi suegro lo acompañaron al cementerio a darle cristiana sepultura. El proceso de duelo fue lento y doloroso.

Pasado unos años quedo embarazada por cuarta vez. En este embarazo comencé con un médico especialista en alto riesgo y durante los primeros meses todo marchaba muy bien. Ya que en el embarazo anterior el médico encontró coágulos en la placenta, yo siempre le preguntaba si mi placenta estaba bien, y él respondía que todo estaba bien. Cuando cumplí los cuatro meses no quise realizarme la prueba de alfafetoproteína por la experiencia en el embarazo anterior. Ya tenía cinco meses y medio de embarazo. Era un varón que llamaríamos Andrés José.  Estábamos sumamente ilusionados, le habíamos decorado el cuarto, teníamos cuna y varias cosas mas. Días después comencé a tener contracciones me llevaron de emergencia al hospital y estuve una semana hospitalizada con medicamentos para detener las contracciones.

A la semana de estar en el hospital siento un líquido salir y era que había roto la fuente. Llaman al médico y cuando me revisa me  indica que tengo que dar a luz al bebé. Me llevan a sala de partos junto a mi esposo. Pasé por todo el proceso de un parto natural y cuando sale el bebé, el médico lo toma en sus brazos, lo lleva a la bandejita y lo bautiza. Nos dice que el bebé estaba vivo y que él no tenía corazón para dejarlo morir en la bandejita, que si lo quería tener en mis brazos. Yo le dije al médico que lo pusieran en una incubadora pero él dijo que sus órganos no se habían desarrollado y no iba a sobrevivir. Me lo entregó en mis brazos y el bebé abría y cerraba la boca como cuando a un pez lo sacan del agua, su corazón latía lentamente, no se cuanto tiempo estuve con el bebé en brazos pero para mi fue una eternidad. Lo veía partir lentamente y mi corazón se desgarraba, lo acurrucaba en mis brazos y lo acariciaba. Nuestros ojos llenos de lágrimas y sintiéndonos impotentes de no poder hacer nada para salvarlo. Sus manos y pies comenzaron a ponerse morados y fríos, su corazón lentamente dejó de latir hasta que murió. Mi esposo no quería pasar por el dolor de tener que enterrarlo y temía que esta vez yo insistiera para ir con él, así que habló con el médico y él le dijo que si lo autorizaba y firmaba unos documentos, podrían hacerle unos estudios al bebé para saber la causa de la pérdida.

Cuando llegamos a nuestra casa al ver el cuarto del bebe con su cuna nos desgarró el corazón. Cuatro embarazos y llegar del hospital con los brazos vacíos sin nuestros bebés era una sensación de profundo dolor. Fue difícil superar esa etapa y por tal razón decidí no tener más embarazos y optar por la adopción. Pero mi esposo no estaba de acuerdo ya que el médico luego de los estudios realizados encontró la causa de las pérdidas. Descubrieron que yo padecía de una condición llamada Síndrome de Antifosfolípidos que ocurre cuando el sistema inmunitario crea por error anticuerpos que hacen que la sangre sea más propensa a coagularse. En mujeres embarazadas provoca abortos espontáneos y muerte fetal. Por esa  razón se formaban coágulos en mi placenta que afectan al bebé, dejando de enviar nutrientes y oxígeno. El médico nos indicó que con un tratamiento de heparina durante los nueve meses de embarazo se evitaría que se formaran los coágulos y podíamos lograr tener al bebé. Luego de un tiempo considerable, dialogando, analizando y evaluando las posibilidades, tomamos la decisión de volverlo a intentar con el nuevo tratamiento. El miedo de perderlo estaba presente en todo momento y ya habíamos dialogado como pareja que este iba a ser nuestro último intento y si no se lograba aceptábamos la decisión de adoptar.

Quedo embarazada por quinta vez y comenzamos el tratamiento y todo marchaba bien. Vivimos día a día sin hacernos muchas ilusiones, como toda pareja cuando espera la llegada de un bebé, por las experiencias vividas. El embarazo fue transcurriendo con normalidad, sin complicaciones. Después de nueve años de casados, el 26 de noviembre del 2000, ya con nueve meses de embarazo comenzaron las contracciones, llegamos al hospital a las 7:00 de la mañana y ya a las 4:13 de la tarde nació nuestra hija Gabriela Enid, llenando nuestras vidas de alegría. La felicidad que sentimos en ese momento, de tener a nuestra hija sana y saludable, es la experiencia más hermosa en la vida. Ser padres es experimentar el amor más puro y profundo que existe. Toda la experiencia que vivimos nos ayudó a solidificar nuestra relación y valorar el privilegio de tener hijos que son un regalo de amor. Aprendimos a no darnos por vencidos y no perder la fé, que siempre hay una razón por la que suceden las cosas, solo es cuestión de buscar ayuda y dejarse ayudar. Descubrimos que hay condiciones en nuestro cuerpo que tal vez no conocemos que impiden que podamos quedar embarazadas o provocan abortos inesperados. Busca ayuda y no se den por vencidos, ser padres es el regalo más hermoso que Dios nos puede dar.

Delmy, Rafy y Gabriela

Testimonio de José Rafael Santiago , Delmy Enid López y nuestra hija Gabriela Enid Santiago Lopez, cuyo nombre significa Alma de Angel.

2 Comments

  1. Avatar Migdalia on November 10, 2020 at 4:11 am

    Impactante prueba que les ha servido de testimonio para perseverar en la fe y mantener la esperanza de que ayudara a otros matrimonios.Bendiciones familia

  2. Avatar Maria J Nieves on November 28, 2020 at 9:37 pm

    Delmy y Rafi, experiencia vivida con una visión de esperanza. Ejemplo de perseverancia y confianza en Dios. Dios bendice a esta hermosa familia.

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